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A lo largo de estos últimos meses he tenido la inmensa suerte de poder visitar tres naciones absolutamente fascinantes: Nepal, Bután y Tíbet...los reinos del Himalaya. La idea era poder recopilar suficiente material para preparar mi segundo libro: "Himalaya", que saldrá a la venta a finales del próximo año.
 
 
Ha sido un recorrido lleno de emociones, la mayoría de ellas positivas. Pero sabía que uno de los destinos iba a tocar como ningún otro mi fibra sensible; hablo del Tíbet: el techo del mundo.
 
 
Emprendía esta última visita con la esperanza de que, más allá de los horrores que el país lleva viviendo desde hace años a consecuencia de la invasión frenética e injustificada por parte del gobierno chino, iba a poder encontrar pequeñas muestras de la gentileza, la nobleza y el valor de una nación  que trata de mantenerse en pie a pesar de la terrible opresión que sufre por parte del país vecino. Y así ha sido; no es fácil ser testigo de semejante violación de los derechos humanos...más de un millón de tibetanos asesinados, otros tantos encarcelados y torturados de forma brutal, centenares de monasterios destruidos, miles de kilómetros de majestuosa naturaleza sufriendo las devastadoras consecuencias de una expansión china totalmente desmesurada, infinidad de especies en peligro de extinción....y lo más grave: una cultura milenaria repleta de maravillas que se apaga en silencio. Pero ahí estaba, firme e indestructible, el corazón de una sociedad, que gracias a su fe en las enseñanzas de Buda y a su gran fortaleza de espíritu, sigue latiendo, hasta el día de hoy y para siempre, con fuerza y con orgullo.
 
 
 
 
Cada vez son más los tibetanos que huyendo de esta feroz opresión han abandonado su hogar para refugiarse en Nepal o La India, donde pueden expresar sus creencias religiosas y mantenerse fieles a su cultura con total libertad.Y es tarea complicada encontrar rastros de dicha cultura  entre los escombros y la superpoblación que dejan trás de sí las continuas oleadas de chinos que acuden al Tibet en busca de un futuro mejor. Pero sigue ahí, en el barrio antiguo de Lhasa, la ciudad prohibida durante tantos años, o en el fabuloso monasterio de Jokhang y en otros muchos que han sobrevivido a una destrucción masiva; así como en el alma de millones de personas que jamás renunciarán a  sus raíces ni a su peculiar y maravillosa idiosincracia.
 
 
Como en tantas otras ocasiones, mi indignación ante semejantes actos de injusticia queda reflejada únicamente en estas líneas. Con ello no trato, en ningún caso, de evitar mirar de frente a la cruda e injusta realidad, sino más bien de dejar paso a una continua búsqueda de esa parte hermosa que habita en el alma humana. Me parece grandiosa la capacidad que tiene el hombre de sobreponerse una y otra vez en los momentos más difíciles; los magníficos paisajes llenos de vida y las innumerables muestras de bondad, alegría y optimismo que encuentro a lo largo del camino en lugares tan castigados por las adversidades, me hacen sentir que no todo está perdido, que en este mundo roto siempre habrá espacio para que florezcan la magia y la belleza.


Puedes ver el resto de este trabajo accediendo a las galerías "TÍBET, EL TECHO DEL MUNDO" y "TÍBET ESPIRITUAL".
 
Este pequeño y misterioso reino situado a los pies del Himalaya es uno de los lugares más asombrosos que he tenido el placer de visitar. Sus paisajes, sus costumbres, y sobre todo sus gentes, dejaron una huella imborrable en mi corazón.....gentes que saben ser felices con muy poco (o con mucho...según con el cristal con el que se miren las cosas), y que reciben al visitante con grandes dosis de respeto y de amabilidad.


Es evidente que las colosales montañas que rodean a Bután  han jugado un papel fundamental en su historia. Por un lado, han sido un elemento clave a la hora de conectar con el  mundo espiritual, tan presente en la vida cotidiana de una nación noble y gentil; por otro, y junto con las impenetrables selvas del sur del país, han servido como protección para cualquier posible invasión de los dos "gigantes" vecinos: China y La India. De ahí que este maravilloso rincón escondido del mundo, de tan sólo unos 800.000 habitantes, tenga el honor y el orgullo de no haber sido conquistado durante siglos y, en consecuencia, de mantener intactas su cultura y sus tradiciones más ancestrales.



Al igual que en otros países vecinos, la religión mayoritaria es el budismo. Existe una gran comunidad monástica a la que el gobierno provee de las necesidades básicas, como son el hospedaje, la comida y la ropa; y los monjes renuevan continuamente los votos, pero son pocos los que permanecen en el monasterio tras la adolescencia....de hecho, pueden renunciar a sus votos y regresar a su vida laica en cualquier momento. El bellísimo paisaje salpicado por majestuosos monasterios, las ruedas de oración girando sin cesar en la entrada de los templos, las innumerables banderolas de colores ondeando al viento, esperando pacientemente a que el aire que las acaricia lleve consigo las bendiciones y los buenos deseos escritos en ellas....en cada esquina se hace claro y evidente el hecho de que Bután es un país eminentemente espiritual, y que las enseñanzas de Buda marcan el comportamiento de su sociedad...una sociedad alegre y vital que vive en perfecta armonía con el entorno que le rodea.


Y es así como llegamos a una verdad clara y evidente: si hay algo que defina a la perfección la idiosincracia tan peculiar de esta singular nación es el hecho de que, desde hace años, el objetivo primordial de sus monarcas ha sido el de intentar conseguir la mayor tasa de "FELICIDAD INTERIOR BRUTA" del mundo. Nuestras sociedades occidentales en las que cada vez con mayor frecuencia se mide el bienestar basándose en las adquisiciones materiales no son, en absoluto, un ejemplo a seguir para la sociedad butanesa. Por el contrario, ellos ponen al individuo en el centro de todos los esfuerzos del progreso, reconociendo una verdad imprescindible de entender: éste no sólo tiene necesidades materiales, sino que incluso más importantes son sus necesidades espirituales y emocionales.

 
De ahí que el desarrollo no se define ni se mide por el crecimiento del consumo; la llave para alcanzar la felicidad debe encontrarse, una vez cubiertas las necesidades básicas, en la búsqueda del crecimiento espiritual. Esta curiosa filosofía tiene como pilares de su éxito cuatro objetivos fundamentales: promover el bienestar individual a través del enriquecimiento espiritual, preservar la cultura del país, proteger el medio ambiente y promover buenos sistemas de gobierno, educación y sanidad que cubran las necesidades sociales. Se puede decir, pues, que estamos hablando de un asunto de Estado. Tanto es así, que incluso existe una comisión de La Felicidad Nacional Bruta presidida por un Primer Ministro que se encarga de examinar meticulosamente cualquier propuesta sugerida por los distintos ministerios del país; y si llega a la conclusión de que una política es contraria al objetivo de promover dicha felicidad, esta será devuelta inmediatamente al ministerio correspondiente para su revisión y su consecuente mejora.
 


QUIZÁ SEAMOS NOSOTROS LOS QUE DEBERÍAMOS RECAPACITAR Y DECIDIR SI NUESTRAS PRIORIDADES SON LAS MÁS ACERTADAS PARA ALCANZAR UNA VIDA PLENA Y DICHOSA.

Puedes ver el resto de este trabajo en las galerías "BUTÁN, EL PAÍS FELIZ", "MONJES DE BUTÁN" y "FESTIVAL URA DE TSECHU".